Cuando cuarenta inviernos, pongan cerco a tu frente
y caven hondos surcos, en tu bello sembrado,
tu altiva juventud, que admira este presente,
será una prenda rota, con escaso valor.
Y cuando te pregunten: ¿dónde está tu belleza?
¿Dónde todo el tesoro de tus mejores días?
El decir que en el fondo, de tus hundidos ojos,
será venganza amarga y elogio innecesario.
¡Qué halago más valdría, al usar tu belleza,
si responder pudieras: «Este hermoso hijo mío,
ha de saldar mi cuenta y excusará mi estado»,
mostrándose heredero, de tu propia belleza!
Será cual renovarte, cuando te encuentres viejo
y ver tu sangre ardiente, cuando la sientas fría.
Y alguno más de Shakespeare.

Ha pedido ayuda. Si sabes de qué se trata es porque sabes quién es. Danos una señal.
Éxodo 7, 10.
Juan 19:30